Una puerta de aluminio era la única división entre lo que consideraba la realidad de la locura, al entrar fui recibido de la manera en que menos imaginaba, una persona se acerco a mi, me abrazo y solo dijo “Hola Amigo”, ese abrazo y esas palabras tuvieron un efecto por llamarlo de alguna manera “sanador” porque después de esto no había mas incertidumbre, este lugar era algo especial. Segundos después me abordo otro de los habitantes, se presento como Jaime, me dijo que él me podría mostrar las instalaciones, así que simplemente lo seguí y comenzamos el recorrido. Mis sentidos estaban en un frenesí entre tantas imágenes de un mundo completamente desconocido, ahí solo habitaban los segregados, personas que por la ignorancia sobre una condición de vida diferente, perdieron familia, identidad y libertad. Gente que al llegar ahí muy probablemente pase el resto de sus vidas olvidados en un encierro involuntario.
Cientos de personas viviendo prácticamente aisladas sin saber lo que pasa tras esas paredes, es una realidad donde la enfermedad, el abandono y el encierro provocan en las personas el deterioro de la mente y el cuerpo, cuerpos tambaleantes y cansados que caminan sin ninguna dirección, miradas ausentes clavadas en la nada, las pláticas mas comunes son las que se entablan con las voces internas, movimientos repetitivos y gritos provocados por las alucinaciones las cuales son su única propiedad.
Al salir de ahí estaba seguro de que los papeles se habían invertido, la realidad estaba dentro de este sitio con la muestra tangible de que la pureza del ser humano habitaba ahí y la locura se encontraba fuera de estas paredes entre nosotros. Así que salí con un sentido de no pertenencia al exterior y sentimientos de impotencia y de tristeza al dejar atrás a estas personas y su mundo.
Comencé a ir a los albergues con mayor frecuencia, tuve la oportunidad de irme acercando a los antes mal llamados “locos”, conocer más sobre sus historias, personalidades, actitudes y sentimientos. Al principio me sentía como un invasor en su mundo, un desconocido. Con el tiempo logré pasar desapercibido, ser uno más, ni mi cámara ni yo éramos mas unos extraños, me volví parte del “limbo”, día a día me regalaban su confianza, el poder estar presente y captar momentos tan suyos, tan únicos y naturales. Al paso de los días los pequeños saludos se convirtieron en largas pláticas, en pocas fotografías y mayor convivencia, los estigmas desaparecieron y se convirtieron en respeto y amistad. Ya no eran desconocidos, ya no eran “locos”, eran amigos, con historias, con sonrisas, pláticas fabulosas, con tanta sabiduría y pureza en su forma de ser y de ver al mundo. Cada disparo que hacía con la cámara dejaba de ser sólo la captura de un retrato, había más, ya no me encontraba fotografiando rostros, estaba fotografiando las consecuencias de una ignorancia social.
Marchas silenciosas de cientos de personas, puntuales , repetitivas tres veces al día, del dormitorio al comedor y de vuelta, día a día durante semanas, meses y años, la misma marcha que cada vez algunos hacían con menos fuerza, con menos hambre, con menos voluntad, hasta que sólo les quedaba el permanecer recostados aplacando ese instinto de supervivencia en espera de que su llama se extinguiera y poder ser liberados de la cotidianidad.
Durante estos años tuve la oportunidad de coincidir con cientos de realidades en diferentes espacios, y a pesar de que es la enfermedad la que les arrebata la voluntad del cuerpo, que las alucinaciones son las que provocan un fuego interno que sale en forma de gritos que desgarran sus gargantas, todas estas realidades convergen en una sola y es que el dolor más fuerte les es causado por la ignorancia, la negación y el miedo de una sociedad, elementos que se trenzan formando una soga que tiene atadas a miles de personas con esta condición privándolos de una vida libre, con dignidad, igualdad de oportunidades y de desarrollo, sujetos por una sociedad que los aísla y los condena a pasar el resto de sus vidas ocultos de la visión colectiva en instituciones, con la falsa idea de un mecanismo de convivencia donde se pretende que todo funciona correctamente y con una sociedad a la que le es mas fácil desviar la mirada sin remordimientos y ocultar una realidad conocida por todos, donde la institucionalización les brinda un techo y comida acallando nuestra culpa en vez de solucionar el problema de la discriminación y el abandono.
Este recorrido de imágenes busca evocar sensaciones contrastantes que van desde la desolación, pa-sando por la melancolía, soledad y nostalgia llegando a la esperanza y la redención, emociones cotidianas que matizan nuestra existencia. Es un recorrido que muestra momentos que van desde la frialdad de rostros con miradas ausentes hasta la tibieza de la última exhalación de vida de un paciente terminal. No es un proyecto “bonito”, no son paisajes majestuosos, son espacios solitarios, no hay modelos de cuerpos y rostros angelicales, son personas reales sobreviviendo al abandono social. Si se puede definir, es un proyecto visceral que pretende mover las entrañas del espectador, y que busca llevarlo por un camino de reflexión e introspección sobre la propia vida, tomando como protagonista la humanidad de las personas haciendo a un lado su enfermedad.
Aquí podemos ver nuestra imagen en un espejo para enfrentarnos a una realidad ignorada como ésta, reflexionar sobre nuestros actos y poder observar la distorsión de nuestra aparente humanidad, veamos frente a frente nuestro reflejo. Es una visión cruel de nosotros mismos pero cierta y tenemos que hacernos responsables, tenemos mucho por hacer como seres humanos y como sociedad tenemos que exigir a las autoridades por una mejora, una mayor atención y oportunidades de desarrollo para estas personas. Después de ver este material las acciones que se tomen dependen de cada uno, podemos quedarnos con los brazos cruzados y cerrar los ojos, o comenzar a generar un cambio.
Este proyecto es una forma de honrar a todas esas personas que viven con una discapacidad psicosocial dentro y fuera de las instituciones, agradecerles por el valor de despertar cada día y seguir luchando en contra de una enfermedad y contra una sociedad que los excluye, es tratar de darles de nuevo la calidad y respeto de seres humanos, visibilizarlos y regresarlos del olvido.
Una puerta de aluminio era la única división entre lo que consideraba la realidad de la locura, al entrar fui recibido de la manera en que menos imaginaba, una persona se acerco a mi, me abrazo y solo dijo “Hola Amigo”, ese abrazo y esas palabras tuvieron un efecto por llamarlo de alguna manera “sanador” porque después de esto no había mas incertidumbre, este lugar era algo especial. Segundos después me abordo otro de los habitantes, se presento como Jaime, me dijo que él me podría mostrar las instalaciones, así que simplemente lo seguí y comenzamos el recorrido. Mis sentidos estaban en un frenesí entre tantas imágenes de un mundo completamente desconocido, ahí solo habitaban los segregados, personas que por la ignorancia sobre una condición de vida diferente, perdieron familia, identidad y libertad. Gente que al llegar ahí muy probablemente pase el resto de sus vidas olvidados en un encierro involuntario.
Cientos de personas viviendo prácticamente aisladas sin saber lo que pasa tras esas paredes, es una realidad donde la enfermedad, el abandono y el encierro provocan en las personas el deterioro de la mente y el cuerpo, cuerpos tambaleantes y cansados que caminan sin ninguna dirección, miradas ausentes clavadas en la nada, las pláticas mas comunes son las que se entablan con las voces internas, movimientos repetitivos y gritos provocados por las alucinaciones las cuales son su única propiedad.
Al salir de ahí estaba seguro de que los papeles se habían invertido, la realidad estaba dentro de este sitio con la muestra tangible de que la pureza del ser humano habitaba ahí y la locura se encontraba fuera de estas paredes entre nosotros. Así que salí con un sentido de no pertenencia al exterior y sentimientos de impotencia y de tristeza al dejar atrás a estas personas y su mundo.
Comencé a ir a los albergues con mayor frecuencia, tuve la oportunidad de irme acercando a los antes mal llamados “locos”, conocer más sobre sus historias, personalidades, actitudes y sentimientos. Al principio me sentía como un invasor en su mundo, un desconocido. Con el tiempo logré pasar desapercibido, ser uno más, ni mi cámara ni yo éramos mas unos extraños, me volví parte del “limbo”, día a día me regalaban su confianza, el poder estar presente y captar momentos tan suyos, tan únicos y naturales. Al paso de los días los pequeños saludos se convirtieron en largas pláticas, en pocas fotografías y mayor convivencia, los estigmas desaparecieron y se convirtieron en respeto y amistad. Ya no eran desconocidos, ya no eran “locos”, eran amigos, con historias, con sonrisas, pláticas fabulosas, con tanta sabiduría y pureza en su forma de ser y de ver al mundo. Cada disparo que hacía con la cámara dejaba de ser sólo la captura de un retrato, había más, ya no me encontraba fotografiando rostros, estaba fotografiando las consecuencias de una ignorancia social.
Marchas silenciosas de cientos de personas, puntuales , repetitivas tres veces al día, del dormitorio al comedor y de vuelta, día a día durante semanas, meses y años, la misma marcha que cada vez algunos hacían con menos fuerza, con menos hambre, con menos voluntad, hasta que sólo les quedaba el permanecer recostados aplacando ese instinto de supervivencia en espera de que su llama se extinguiera y poder ser liberados de la cotidianidad.
Durante estos años tuve la oportunidad de coincidir con cientos de realidades en diferentes espacios, y a pesar de que es la enfermedad la que les arrebata la voluntad del cuerpo, que las alucinaciones son las que provocan un fuego interno que sale en forma de gritos que desgarran sus gargantas, todas estas realidades convergen en una sola y es que el dolor más fuerte les es causado por la ignorancia, la negación y el miedo de una sociedad, elementos que se trenzan formando una soga que tiene atadas a miles de personas con esta condición privándolos de una vida libre, con dignidad, igualdad de oportunidades y de desarrollo, sujetos por una sociedad que los aísla y los condena a pasar el resto de sus vidas ocultos de la visión colectiva en instituciones, con la falsa idea de un mecanismo de convivencia donde se pretende que todo funciona correctamente y con una sociedad a la que le es mas fácil desviar la mirada sin remordimientos y ocultar una realidad conocida por todos, donde la institucionalización les brinda un techo y comida acallando nuestra culpa en vez de solucionar el problema de la discriminación y el abandono.
Este recorrido de imágenes busca evocar sensaciones contrastantes que van desde la desolación, pa-sando por la melancolía, soledad y nostalgia llegando a la esperanza y la redención, emociones cotidianas que matizan nuestra existencia. Es un recorrido que muestra momentos que van desde la frialdad de rostros con miradas ausentes hasta la tibieza de la última exhalación de vida de un paciente terminal. No es un proyecto “bonito”, no son paisajes majestuosos, son espacios solitarios, no hay modelos de cuerpos y rostros angelicales, son personas reales sobreviviendo al abandono social. Si se puede definir, es un proyecto visceral que pretende mover las entrañas del espectador, y que busca llevarlo por un camino de reflexión e introspección sobre la propia vida, tomando como protagonista la humanidad de las personas haciendo a un lado su enfermedad.
Aquí podemos ver nuestra imagen en un espejo para enfrentarnos a una realidad ignorada como ésta, reflexionar sobre nuestros actos y poder observar la distorsión de nuestra aparente humanidad, veamos frente a frente nuestro reflejo. Es una visión cruel de nosotros mismos pero cierta y tenemos que hacernos responsables, tenemos mucho por hacer como seres humanos y como sociedad tenemos que exigir a las autoridades por una mejora, una mayor atención y oportunidades de desarrollo para estas personas. Después de ver este material las acciones que se tomen dependen de cada uno, podemos quedarnos con los brazos cruzados y cerrar los ojos, o comenzar a generar un cambio.
Este proyecto es una forma de honrar a todas esas personas que viven con una discapacidad psicosocial dentro y fuera de las instituciones, agradecerles por el valor de despertar cada día y seguir luchando en contra de una enfermedad y contra una sociedad que los excluye, es tratar de darles de nuevo la calidad y respeto de seres humanos, visibilizarlos y regresarlos del olvido.
© 2026 Jorge Mejía. Todos los derechos reservados.